El octavo día no es sólo una película sobre personas con síndrome de Down, va más allá; va tan allá como va el amor, y nuestra necesidad de él.
Harry, divorciado y con dos hijos, es un hombre de negocios, un ejecutivo elite invadido por la rutina diaria: despertar, generar dinero, dormir.
Paralelamente, encontramos a Georges, un tipo con "síndrome de Down", cuyo único anhelo es encontrar a su madre. Él vive en un internado y un día se escapa para buscar a su progenitora. Al no tener noción de la realidad y no saber donde se encuentra, en cosa de segundos se ve perdido en la gran ciudad.

Harry es un tipo exitoso laboralmente, el típico tipo del siglo XXI invadido por la monotonía diaria, una “máquina humana” adinerada, pero con carencias afectivas gracias a sus propósitos codiciosos.

En la intimidad familiar, es un perdedor inserto en el fracaso matrimonial, el cual lo tiene totalmente desesperado. De a poco está perdiendo también a sus hijas, que no las ve hace tiempo puesto que siempre está muy ocupado con sus negocios, y abrumado por ello, recorre la ciudad pensando en su destino y su futuro.

Resulta que, como por arte de magia, ahí estaba: su destino era encontrarse con Georges, un tipo que socialmente está catalogado como discapacitado, pero podríamos encasillarlo como un ser humano con “habilidades diferentes”, que con su simpleza y carisma logra demostrarle a Harry (y también al espectador) lo fantástico que es la vida. En ese contexto transcurre la historia, maravillosa, emocionante.





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